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30 octubre, 2008

La farsa del pasaporte biológico

Pasaporte es una palabra mágica. En tiempos de guerra o para los emigrantes adquiere una connotación mística, casi un salvoconducto. Por esas mismas cualidades, su valor referencial ha sido exportado a otras áreas, hasta el punto de ridiculizarlo: la bochornosa Expo 2008 tenía su pasaporte, también los animales de compañía -aquí adjunto, señor agente- y, cómo no, los ciclistas.

Lanzado como la gran innovación en la lucha antidopaje, el pasaporte biológico es un programa carísimo de controles dentro y fuera de la competición a la comunidad ciclista. Sufragado por la UCI y los propios equipos, en teoría iba a servir para suspender a corredores que presentasen valores repentinos y anómalos, a pesar de que no hubiesen dado positivo. Ha acabado la temporada y el pasaporte biológico, como era esperable, no ha servido para nada.

Es cierto que algunos ciclistas han caído a raíz de los análisis para este ambicioso programa, pero ninguno lo ha hecho por el seguimiento y el track tenure de sus valores. Las cifras del programa, dadas a conocer recientemente, son abrumadoras: 4358 controles de sangre (452 en competición), 2143 controles de orina (de los que 1211 en carrera), dando un total de 4838 controles fuera de competición, donde son realmente efectivos. ¿Seguro?

749 corredores han pasado por el programa, lo que arroja una cifra media de 8,6 controles para cada uno de ellos. Ojo, con 8´6 se puede hacer un buen seguimiento, y más si tenemos en cuenta que la Agencia Antidopaje Francesa también ha facilitado sus propios controles al programa, para mejorar su fiabilidad. Y aún así, nada. Los de hay que creer en el ciclismo interpretan estos resultados como la muestra de que los dopados son una minoría, que se está avanzando en la lucha contra el doping y bla-bla-bla. En cambio, el ciclismo realmente existente, bastante alejado de esa ensoñación pueril y bastante majadera, se empeña en sacar nombres como los de Kohl, Schumacher o Riccò, autores de bastantes numeritos perfectamente factibles -y lógicos desde el punto de vista médico- para los responsables de interpretar los pasaportes biológicos.

La australiana Anne Griper es uno estos responsables. Pide "paciencia". Con toda la parsimonia del mundo -y desfachatez- explica que hasta el momento se han estado recogiendo datos, y que ahora viene la segunda fase: ordenarlos y enviarlos a expertos -nueve- para que los interpreten. Sí, como abrir el vientre de las golondrinas en la Roma clásica. Estamos en la era de la informática y alguien todavía hablar de "ordenar datos", cuando con una sencilla aplicación se puede hacer. El alquimista Daamsgard lo hace. Y eso del grupo de expertos...en fin: seguro que entre ellos hay algún conocido hemodruida o agente doble, porque en ese mundillo se conocen todos. Sería muy divertido conocer la transcripción de las reuniones y ver como algún galeno que en su consulta privada lleva a uno de los analizados intenta justificar que el hematocrito salte de 42% al 51% por una cagalera o un resfriado.

Ya saben cómo es el mundo del ciclismo. La propia Griper, en el momento de presentar su invento-estrella, dijo que el caso Sinkewitz había sido con "el corredor equivocado, en el momento equivocado, en el país equivocado y en el equipo equivocado". Ya saben, la cantinela de que los jóvenes no se dopan, que el Tour es la carrera más limpia, que Alemania combate el dopaje y que el T-Mobile estaba luchando activamente contra la plaga. Y si la realidad, terca como es, te lleva la contraria -con Beltrán dijeron que era de la "vieja guardia", cuando dos días después cayeron Dueñas y Riccò se comieron sus argumentos-, pues a reir y cantar, que el espectáculo tiene que continuar.

¿Saben cúal es el pasaporte biológico más efectivo y económico que existe? Nada de cifras de miles y miles de controles. Nada de millones de euros gastados en avivar la farsa de que se lucha contra el dopaje, cuando hay equipos que sistemáticamente nunca dan positivo, a pesar de que sus corredores están metidos hasta las cejas -Basso y F. Schleck-. Nada de inventos propagandísticos de dudosa efectividad. Es tan sencillo como obligar a todos los corredores con licencia profesional -se acabaría con la impunidad de los continentales, autores de algunas de las mayores exhibiciones de este año- a dejar una muestra de su ADN en el momento de recoger su licencia. Y después, en colaboración con las autoridades nacionales de cada país, ir a hacer visitas de cortesía a los famosos laboratorios de doctores. Recoger muestras. Y que después expliquen que hacían por ahí todos esos corredores que jamás darán valores anómalos en el cacareado pasaporte biológico, la enémisa farsa del ciclismo que busca nuevos alambiques cuando la prueba del ADN es i-rre-fu-ta-ble. Será que no mueve tanto dinero.
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El dopaje transtorna. Las declaraciones no tienen desperdicio.